lunes, 28 de febrero de 2011

Hesse y Pascal

En El lobo estepario, el narrador de marco confiesa los sentimientos que le suscitaba Harry Haller:

«(…) me daba cuenta de que aquel hombre estaba enfermo, de algún modo enfermo del espíritu, del ánimo o del carácter, y me defendía contra él con el instinto del hombre sano.»

Quisiera relacionar este fragmento con el aforismo 91 de los Pensamientos de Pascal:

«¿Por qué un cojo no nos irrita y si nos irrita un espíritu cojo? Porque un cojo reconoce que nosotros andamos bien y un espíritu cojo dice que somos nosotros los que cojeamos. De no ser así, tendríamos lástima por él, y no cólera.»

jueves, 23 de diciembre de 2010

Séneca y Oscar Wilde

Séneca, en las Epístolas morales a Lucilio, enfatiza: «No es pobre el que tiene poco, sino el que ambiciona más». En el mismo orden de cosas, en Antes del fin, Sábato recuerda a Oscar Wilde, que dijo: «Hay gente que se preocupa más por el dinero que los pobres; son los ricos».

sábado, 18 de diciembre de 2010

Fragmentos del prólogo de El hombre y sus símbolos

En la primavera de 1959, dos años antes de su muerte, el doctor Carl Gustav Jung fue entrevistado, para la televisión inglesa, por John Freeman. La entrevista fue considerada un éxito y, por eso mismo, se le encomendó a Freeman que convenciera a Jung para que escribiera un libro a fin de exponer sus ideas al lector medio. El volumen que Jung escribió junto a otros colaboradores, se titula El hombre y sus símbolos, y el prólogo está a cargo del propio Freeman. De dicho prólogo extraigo los siguientes fragmentos:

«Pero su abrumadora contribución a la comprensión psicológica es su concepto del inconsciente; no es (como el “subconsciente” de Freud) un mero tipo de desván para los deseos reprimidos, sino un mundo que es precisamente una parte tan vital y tan real de la vida de un individuo como la consciencia.»

«(…) el inconsciente es el gran guía, amigo y consejero de lo consciente. Conocemos el inconsciente y comunicamos con él (un servicio de doble camino) principalmente por medio de los sueños.»

«(…) el hombre se totaliza, integra, calma, se hace fértil y feliz cuando (y sólo entonces) se completa el proceso de individuación, cuando el consciente y el inconsciente han aprendido a vivir en paz y a completarse recíprocamente.»



Carl G. Jung, El hombre y sus símbolos, Ed. Caralt, Barcelona, España, 1984.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Fragilidad, de Azorín

Fragilidad


¡Ah queridos lectores! Llegamos ahora a la parte más delicada de este cuento. ¿Por qué no era igual que antes nuestro amigo Tomás? Ser exteriormente, socialmente, era igual; pero una honda conmoción había puesto un no sé qué en su organismo. Algo había en su cerebro, en su sensibilidad, que no había antes. No será fácil describir este estado espiritual de nuestro amigo. Diremos, en términos generales, que su carácter ahora era vidrioso, un poco vidrioso. Se irritaba fácilmente de muchas cosas que antes pasaban por él inadvertidas; él mismo comprendía lo infundado de estas súbitas irritaciones. Lo comprendía... y no lo comprendía. Detalles, particularidades, incidentes de la vida diaria, eran para Tomás motivo de reiteradas meditaciones. «Diríase
—pensaba él— que hacia mi persona, como atraídos por un misterioso imán, acuden todos estos pormenores desagradables. Yo procuro poner un poco de lógica y de delicadeza en la vida; pero, fatalmente, de pronto uno de estos detalles, uno de estos incidentes, viene a revolucionar mi serenidad espiritual.» Pensaba Tomás en si todo este encadenarse de menudas adversidades sería fruto de un ambiente social determinado, y, por lo tanto, si no existirían en tal otro medio social; pensaba, otras veces, si ello no radicaría en una fatalidad humana, honda e indestructible, idéntica en todas las naciones. Un resto de optimismo alentaba en el fondo de su espíritu, y nuestro amigo se inclinaba al primer partido.
Pero el primer ímpetu de nerviosidad no podía reprimirlo; un momento después, Tomás se avergonzaba, allá en su interior, de este movimiento de cólera brusca e irreflexiva. «No soy el mismo de antes —volvía a pensar—; parezco hecho de vidrio, de sutil y quebradizo vidrio. Esta sensibilidad mía, tan aguda, tan irritable, es algo enfermizo y doloroso. Veo ahora cosas que no veía antes, percibo matices y relaciones del mundo que antes para mí estaban ocultos; pero ¡a qué costa! ¡A costa de cuántas zozobras, de cuánta inquietud, de cuántas menudas y continuas aflicciones íntimas!»


Azorín, Tomás Rueda.