El tomar fragmentos aislados de una obra es, quizá, poco serio. No es mi intención ensayar una hipótesis de trabajo. Sólo hago mención de cuestiones que tienen que ver con el campo de mis intereses. Hecha la aclaración, procedo a transcribir los textos.
En un tal Lucas, encontramos el siguiente escrito, titulado «Amor 77»:
«Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.»
Quisiera resaltar, ahora, el diálogo que mantienen la Maga y Oliveira en el capítulo 20 de Rayuela, donde el acto sexual es, por sí mismo, valorado estéticamente.
«—A mí me pareció que yo podía protegerte. No digas nada. En seguida me di cuenta de que no me necesitabas. Hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para tocar sonatas.
—Precioso, lo que decís.
—Era así, el piano iba por su lado y el violín por el suyo y de eso salía la sonata, pero ya ves, en el fondo no nos encontrábamos. Me di cuenta en seguida, Horacio, pero las sonatas eran tan hermosas.»
Dos capítulos más adelante, Oliveira reflexiona:
«Sólo un optimismo biológico y sexual podía disimularle a algunos su insularidad, mal que le pesara a Jhon Donne. Los contactos en la acción y la raza y el oficio y la cama y la cancha, eran contactos de ramas y hojas que se entrecruzan y se acarician de árbol a árbol, mientras los troncos alzan desdeñosos sus paralelas inconciliables.»
domingo, 28 de noviembre de 2010
¡Se los ruego! ¡Denme a Dios!
«Si el hombre no tuviese una conciencia eterna; si, en el fondo de todas las cosas, no hubiese sino un poder salvaje e hirviente que produce todas las cosas, lo grande y lo fútil, en el torbellino de oscuras pasiones; si el vacío sin fondo que nada puede llenar se ocultase bajo las cosas, ¿qué sería la vida sino desesperación?»
Sören Kierkegaard
Cit. en El mito de Sísifo, Albert Camus, ed. Losadas, Bs. As., 2007
Sören Kierkegaard
Cit. en El mito de Sísifo, Albert Camus, ed. Losadas, Bs. As., 2007
sábado, 27 de noviembre de 2010
Sobre la séptima soledad
309. Sobre la séptima soledad
Un día el caminante cerró con violencia una puerta tras de sí, se detuvo y se puso a llorar. Luego dijo: “¡Estoy harto de esta inclinación, de este impulso a lo verdadero, a lo real, a la no aparente, a lo cierto! ¿Por qué me persigue precisamente a mí este acosador sombrío y apasionado? Me gustaría tomarme un descanso, ¡pero no me lo permite! ¡Y cuántas cosas me sugieren la seducción del descanso! Por todas partes veo jardines de Armida; ¡por eso sufre mi corazón nuevos desgarrones y nuevas amarguras! He de seguir avanzando, levantar estos pies cansados y heridos; a medida que avanzo, no tengo para las cosas bellas que no han logrado retenerme más que una mirada furiosa… ¡porque no lograron retenerme!”
Friedrich Nietzsche, La Gaya Ciencia, ed. Gradifco, Bs. As., 2007.
Un día el caminante cerró con violencia una puerta tras de sí, se detuvo y se puso a llorar. Luego dijo: “¡Estoy harto de esta inclinación, de este impulso a lo verdadero, a lo real, a la no aparente, a lo cierto! ¿Por qué me persigue precisamente a mí este acosador sombrío y apasionado? Me gustaría tomarme un descanso, ¡pero no me lo permite! ¡Y cuántas cosas me sugieren la seducción del descanso! Por todas partes veo jardines de Armida; ¡por eso sufre mi corazón nuevos desgarrones y nuevas amarguras! He de seguir avanzando, levantar estos pies cansados y heridos; a medida que avanzo, no tengo para las cosas bellas que no han logrado retenerme más que una mirada furiosa… ¡porque no lograron retenerme!”
Friedrich Nietzsche, La Gaya Ciencia, ed. Gradifco, Bs. As., 2007.
martes, 23 de noviembre de 2010
El loco
125.- El loco.
¿No han oído hablar de aquel loco que, con una linterna encendida en pleno día, corría por la plaza y exclamaba continuamente: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”?
Como justamente se habían juntado allí muchos que no creían en Dios, provocó gran diversión. ¿Se te ha perdido?, dijo uno. ¿Se te ha extraviado como un niño?, dijo otro. ¿No será que se te ha escondido en algún sitio? ¿Nos tiene miedo? ¿Se te ha embarcado? ¿Ha emigrado? Así gritaban y se reían al mismo tiempo. El loco se lanzó en medio de ellos y los fulminó con la mirada. —¿Dónde está Dios —exclamó—, ¡se los voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado, ustedes y yo! ¡Todos somos unos asesinos! Pero ¿cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar completamente el horizonte? ¿Qué hemos hecho para desencadenar a esta tierra de su sol? ¿Hacía dónde rueda ésta ahora? ¿Hacia qué nos lleva su movimiento? ¿Lejos de todo sol? ¿No nos precipitamos en una constante caída, hacia atrás, de costado, hacia delante, en todas direcciones? ¿Sigue habiendo un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el aliento del vacío? ¿No hace ya frío? ¿No anochece continuamente y se hace cada más oscuro? ¿No hay que encender las linternas desde la mañana? ¿No seguimos oyendo el ruido de los sepultureros que han enterrado a Dios? ¿No seguimos oliendo la putrefacción divina? ¡Los dioses han muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matamos nosotros! ¿Cómo vamos a consolarnos los asesinos de los asesinos? Lo que en el mundo había hasta ahora de más sagrado y más poderoso ha perdido su sangre bajo nuestros cuchillos, y ¿quién nos quitará esta sangre de las manos? ¿Qué agua podrá purificarnos? ¿Qué solemnes expiaciones, qué juegos sagrados habremos de inventar? ¿No es demasiado grande para nosotros la magnitud de este hecho? ¿No tendríamos que convertirnos en dioses para resultar dignos de semejante acción? Nunca hubo un hecho mayor, ¡y todo el que nazca después de nosotros pertenecerá, en virtud de esta acción, a una historia superior a todo lo que la historia ha sido hasta ahora! Al llegar aquí el loco se calló y observó de nuevo a sus oyentes, quienes también se habían callado y lo miraban perplejos. Por último, tiró la linterna al suelo, que se rompió y se apagó. “Llego demasiado pronto, dijo luego, mi tiempo no ha llegado aún. Este formidable acontecimiento está todavía en camino, avanza, pero aún no ha llegado a los oídos de los hombres. Para ser vistos y oídos, los actos necesitan tiempo después de su realización, como lo necesitan el relámpago y el trueno, y la luz de los astros. Esta acción es para ellos más lejana que los astros más distantes, ¡aunque son ellos quien lo han realizado!” Cuentan también que ese mismo día el loco entró en varias iglesias en las que entonó su Requiem aeternam Deo. Cuando lo echaban de ellas y le pedían que aclarara sus dichos, no dejaba de repetir: “¿Qué son estas iglesias sino las tumbas y los monumentos funerarios de Dios?”
¿No han oído hablar de aquel loco que, con una linterna encendida en pleno día, corría por la plaza y exclamaba continuamente: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”?
Como justamente se habían juntado allí muchos que no creían en Dios, provocó gran diversión. ¿Se te ha perdido?, dijo uno. ¿Se te ha extraviado como un niño?, dijo otro. ¿No será que se te ha escondido en algún sitio? ¿Nos tiene miedo? ¿Se te ha embarcado? ¿Ha emigrado? Así gritaban y se reían al mismo tiempo. El loco se lanzó en medio de ellos y los fulminó con la mirada. —¿Dónde está Dios —exclamó—, ¡se los voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado, ustedes y yo! ¡Todos somos unos asesinos! Pero ¿cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar completamente el horizonte? ¿Qué hemos hecho para desencadenar a esta tierra de su sol? ¿Hacía dónde rueda ésta ahora? ¿Hacia qué nos lleva su movimiento? ¿Lejos de todo sol? ¿No nos precipitamos en una constante caída, hacia atrás, de costado, hacia delante, en todas direcciones? ¿Sigue habiendo un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el aliento del vacío? ¿No hace ya frío? ¿No anochece continuamente y se hace cada más oscuro? ¿No hay que encender las linternas desde la mañana? ¿No seguimos oyendo el ruido de los sepultureros que han enterrado a Dios? ¿No seguimos oliendo la putrefacción divina? ¡Los dioses han muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matamos nosotros! ¿Cómo vamos a consolarnos los asesinos de los asesinos? Lo que en el mundo había hasta ahora de más sagrado y más poderoso ha perdido su sangre bajo nuestros cuchillos, y ¿quién nos quitará esta sangre de las manos? ¿Qué agua podrá purificarnos? ¿Qué solemnes expiaciones, qué juegos sagrados habremos de inventar? ¿No es demasiado grande para nosotros la magnitud de este hecho? ¿No tendríamos que convertirnos en dioses para resultar dignos de semejante acción? Nunca hubo un hecho mayor, ¡y todo el que nazca después de nosotros pertenecerá, en virtud de esta acción, a una historia superior a todo lo que la historia ha sido hasta ahora! Al llegar aquí el loco se calló y observó de nuevo a sus oyentes, quienes también se habían callado y lo miraban perplejos. Por último, tiró la linterna al suelo, que se rompió y se apagó. “Llego demasiado pronto, dijo luego, mi tiempo no ha llegado aún. Este formidable acontecimiento está todavía en camino, avanza, pero aún no ha llegado a los oídos de los hombres. Para ser vistos y oídos, los actos necesitan tiempo después de su realización, como lo necesitan el relámpago y el trueno, y la luz de los astros. Esta acción es para ellos más lejana que los astros más distantes, ¡aunque son ellos quien lo han realizado!” Cuentan también que ese mismo día el loco entró en varias iglesias en las que entonó su Requiem aeternam Deo. Cuando lo echaban de ellas y le pedían que aclarara sus dichos, no dejaba de repetir: “¿Qué son estas iglesias sino las tumbas y los monumentos funerarios de Dios?”
La Gaya Ciencia, Friedrich Nietzsche, Ed. Gradifco, Buenos Aires, 2007.
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