jueves, 26 de agosto de 2010

El lamento del que busca el conocimiento

A continuación, la trascripción del aforismo 249 de La Gaya Ciencia, titulado: “El lamento del que busca el conocimiento.”

¡Ay, maldita ambición! En esta alma no existe en modo alguno la renuncia al yo, sino que habita un yo que ansía todas las cosas, que quisiera tomar con sus propias manos y ver tanto a través de muchos individuos como de sus propios ojos; un yo que recuperase también todo el pasado, que no quisiera perder nada de lo que pudiese pertenecerle. ¡Ay, llama maldita de mi ambición! ¡Si pudiera renacer en cien seres! Quien no conozca por experiencia propia este lamento, no conoce tampoco la pasión del que busca el conocimiento.

Friedrich Nietzsche

martes, 24 de agosto de 2010

Nota 5: El gran Gatsby

Algunas impresiones sobre El gran Gatsby, de F. S. Fitzgerald*


Hace una semana concluí la lectura de El gran Gatsby. El objeto de esta nota es dejar una breve referencia con respecto a la primera impresión que me suscitó. Contra todo rigor académico, no analizaré el contexto histórico-social en el que la novela fue perpetrada. Como diría Todorov, la interpretación de una obra es diferente según la personalidad del crítico y, también, según la época. Olvidemos, pues, la sociedad estadounidense, los años veinte y todo lo concerniente al “sueño americano.”
Nick Carraway es el narrador testigo de esta historia. En el introito, asombran estas palabras:

“(…) había algo espléndido en él [Gatsby], cierta exaltada sensibilidad ante las promesas de la vida, como si estuviera conectado a uno de esos complicados mecanismos que registran terremotos a quince mil kilómetros de distancia. (…) El suyo era un don extraordinario para la esperanza, una romántica disponibilidad como nunca he hallado en otra persona.”

Un página más adelante agrega: “(…) El sucio polvo que levantaban sus sueños [fue] lo que provocó por una temporada mi desinterés hacia las infructuosas penas y las alicortas alegrías de los seres humanos”.
La historia que Nick contará y de la que también formará parte, será de una intensidad tal que, al concluir los hechos, no podrá soportar el contacto de sus semejantes. No olvidemos en este sentido a Gulliver, que tras conocer a los virtuosos Houyhnhms experimentó casi asco por su familia, en tanto le recordaron a los yahoos.
El final del primer capítulo es memorable. Gatsby, con las manos en los bolsillos, bajo un cielo estrellado, contempla el mar. Al otro lado de la bahía, se vislumbran los brillos de una luz verde. Gatsby, lo sabremos después, ha comprado su mansión por el simple hecho de que está, mar mediante, ubicada frente a la casa de la mujer que ama. De hecho, las luces verdes pertenecen al embarcadero de la casa de ésta. Pero… todavía hay más. Las concurridas y asiduas fiestas que Gatsby organiza tienen un solo motivo: el que, por azar, alguna noche ella aparezca. La ilusión de Gatsby es titánica, sobrepasa los límites de lo imaginable. Profesa una enfermiza fe en el poder salvador del amor; no hay sonda capaz de medir la profundidad de su esperanza. En palabras del narrador, Gatsby tiene una visión “orgiástica” de su futuro. Tal es la sombra que proyecta este gigante, que Nick no puede evitar, al promediar el final, sentirse agobiado por el peso del pesimismo: "(…) futuro que año tras año retrocede delante de nosotros (…) Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente al pasado”.


*Por motivos de economía he omitido mencionar detalles como, por ejemplo, el motivo recurrente de la voz de Daisy.

domingo, 22 de agosto de 2010

Nota 2: la corona de espinas




He imaginado la siguiente escena. Un hombre ensimismado, de mirada dura, está sentado en un bar, frente a otro. Éste es un joven cortés y, si se quiere, de rasgos agradables. El hombre y el joven conversan. Las palabras del primero son hachazos. El joven, solícito, intenta comprender. Hace más de media hora que observa al hombre. Progresivamente, nota que la frente de éste se surca de arrugas. Cuánto más se esfuerza por aclarar sus ideas (a hachazos) las arrugas se multiplican y forman una especie de áspera red. Desde su posición, con estupor, el joven cree ver en ella la parte frontal de una corona de espinas.

domingo, 6 de junio de 2010

El ocaso de Zaratustra (o comienza la tragedia).




Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó, y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y le habló así:
«¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!
Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, mi águila y mi serpiente te habrías hartado de tu luz y de este camino.
Pero nosotros te aguardábamos cada mañana, te liberábamos de tu sobreabundancia y te bendecíamos por ello. ¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.
Me gustaría regalar y repartir hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a regocijarse con su locura, y los pobres, con su riqueza.
Para ello tengo que bajar a la profundidad: como haces tú al atardecer, cuando traspones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro inmensamente rico!
Yo, lo mismo que tú, tengo que hundirme en mi ocaso, como dicen los hombres a quienes quiero bajar. ¡Bendíceme, pues, ojo tranquilo, capaz de mirar sin envidia incluso una felicidad demasiado grande!
¡Bendice la copa que quiere desbordarse para que de ella fluya el agua de oro llevando a todas partes el resplandor de tus delicias!
¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a hacerse hombre»
Así comenzó el ocaso de Zaratustra.


Nota: el comienzo de Así habló Zaratustra reproduce el aforismo 342 de La Gaya Ciencia: «Comienza la tragedia», con la salvedad de que remplaza «el lago Urmi», por «el lago de su patria».