sábado, 7 de enero de 2017

J. L. B.



Hay una sentencia del gran místico inglés, William Blake que dice: "El tiempo es la dádiva de la eternidad". Si a nosotros nos dieran todo el ser... El ser es más que el universo, más que el mundo. Si a nosotros nos mostraran el ser de una sola vez, quedaríamos aniquilados, anulados, muertos. En cambio el tiempo es la dádiva de la eternidad. La eternidad nos permite todas esas experiencias de un modo sucesivo. Tenemos días, noches, tenemos horas, tenemos minutos, tenemos la memoria. (...) Todo eso nos he dado sucesivamente porque no podemos aguantar esa intolerable carga, esa intolerable descarga de todo el ser del universo.

sábado, 31 de agosto de 2013

La mariposa




No conozco momento más feliz. Era otoño. Caminaba entre el gentío de la avenida S. y entonces, al levantar la mirada, vi  a una mariposa descolorida. Las hojas de los árboles caían con una muerte laxa, muda y virginal. Pensé en B. Pensé que, dado el caso de que ella se fijara en mí, yo rechazaría esa venturosa oportunidad. Porque… ¿cómo, yo, el más solitario, iba a contribuir a la desdicha de aquel muchacho y, sobre todo, a la de ella misma, al desconocer el modo de hacerla feliz? ¿Cómo, yo, sabedor de la horrible certeza del que se sabe no amado, iba a engendrar la simiente del dolor? ¿Cómo, yo, después de haber reflexionado durante tantos años sobre la cuestión del mal, iba a contribuir a la sumatoria de ese monstruo heteróclito y voraz?
Las hojas caídas levantaron vuelo en pequeños remolinos y la mariposa se confundió con ellas. Se esfumó entre la gracilidad de los livianos cadáveres y ellos mismos, a su vez, cobraron vida gracias a su bondad.

Juan Cruz Caminante

La torta, Charles Baudelaire, El spleen de París



XV

LA TORTA


Viajaba. El paisaje era de una majestuosidad y un esplendor irresistibles. Sin duda mi alma se contagió. Mis pensamientos revoloteaban con la misma levedad que la atmósfera; las pasiones vulgares como el odio y el amor profano me parecían tan remotas como los nubarrones que desfilaban en el fondo del abismo, bajo mis pies; mi alma me parecía tan vasta y pura como la cúpula del cielo que me rodeaba; el recuerdo de las cosas terrenas llegaba a mi corazón muy debilitado, disminuido como el sonido del cencerro de imperceptibles manadas que pastaban lejos, muy lejos, en la ladera de otra montaña. Sobre el pequeño lago inmóvil, que la profundidad volvía negro, pasaba a veces la sombra de una nube que se reflejaba como la capa de un gigante alado que atravesara el cielo. Y recuerdo que esta sensación solemne y rara, causada por un gran movimiento silencioso, me llenaba de una alegría donde se mezclaba el miedo. En pocas palabras, la emocionante belleza que me rodeaba me hacía sentir en paz conmigo y con el universo; en mi perfecta beatitud y mi total olvido de todo mal terreno había empezado a considerar que los diarios que pretenden que el hombre ha nacido bueno no eran finalmente tan ridículos; y cuando la incurable materia renovó sus exigencias, pensé en reparar la fatiga y calmar el hambre que la larga ascensión habían causado. Saqué de mi bolsillo un buen pedazo de pan, una taza de cuero y un porrón de cierto elixir que por ese entonces los farmacéuticos vendían a los turistas para mezclar con agua de nieve.
Cortaba tranquilamente mi pan cuando un sonido muy leve me hizo levantar los ojos. Ante mí había un chico harapiento, negro, hirsuto, de ojos vacíos, salvajes y como suplicantes que parecían devorar el pedazo de pan. Y lo oí suspirar, con voz baja y ronca, la palabra torta. No pude dejar de sonreír al escuchar el nombre con que honraba a mi pan casi blanco, y corté para él una buena rodaja y se la ofrecí. Se acercó lentamente, sin quitar los ojos del objeto de su codicia; después, agarró el pedazo y retrocedió velozmente como temiendo que el ofrecimiento no fuera sincero o que me hubiera arrepentido.
Pero en el mismo instante fue derribado por otro pequeño salvaje, surgido de no sé dónde y tan exactamente igual al primero como si fuera su hermano gemelo. Juntos rodaron por el suelo disputándose el precioso botín sin que ninguno de los dos quisiera sacrificar la mitad para su hermano. El primero, exasperado, atrapó al otro por el pelo; éste le agarró la oreja con los dientes y escupió un pedacito ensangrentado con un poderoso juramento en dialecto. El legítimo propietario de la torta trató de clavar sus pequeñas garras en los ojos del usurpador, quien a su vez puso toda su fuerza en estrangular a su adversario con una mano, mientras la otra trataba de deslizar el premio del combate en el bolsillo.
Pero excitado por la desesperación, el vencido se levantó e hizo rodar por tierra al vencedor con un cabezazo en el estómago. ¿Para qué describir una lucha horrible, que duró más de lo que las fuerzas infantiles hacían suponer? La torta iba de mano
en mano y cambiaba de bolsillo a cada momento, pero también cambiaba de volumen. Y cuando al final, extenuados, temblorosos, ensangrentados, se detuvieron porque no podían más, a decir verdad ya no quedaba ningún motivo de combate: el pedazo de pan había desaparecido, deshecho en miguitas, grandes como los granos de arena con los que se había mezclado.
El espectáculo había ensombrecido el paisaje, y la calma alegría que distraía mi alma antes de ver a los hombrecitos, había desaparecido absolutamente; estuve triste mucho tiempo repitiéndome sin pausa:
"¡Existe un país magnífico donde el pan se llama torta, manjar tan raro que basta para engendrar una guerra fraticida!"

martes, 16 de abril de 2013

Metafísica y sensualidad


En el prólogo de Niebla, Víctor Goti, individuo de dudosa existencia, afirma que, para Unamuno, la preocupación libidinosa es lo que más estraga la inteligencia. Así, de la tríada de vicios: las mujeres, el juego y el vino, prefiere en grado sumo a este último, ya que: “A un borracho se le puede hablar, y hasta dice cosas, pero ¿quién resiste la conversación de un jugador o un mujeriego?”
En otro orden de cosas no es de extrañar, según Goti, el consorcio, la íntima ligazón que une lo erótico con lo metafísico. Los primeros pueblos, como su literatura indica, empezaron siendo guerreros y religiosos, para luego devenir en eróticos y metafísicos. En la Edad Media el corazón de las sociedades palpitaba al ritmo de la exaltación religiosa y guerrera —la espada, en ese sentido, llevaba una cruz en su empuñadura— en tanto que la preocupación por las mujeres ocupaba un lugar escaso, secundario, en la imaginación del hombre medieval. No nos asombrará, pues, que en ese entonces, la filosofía durmiera bajo el cálido manto de la teología.
Lo erótico y lo metafísico, insiste Goti, se desarrollan a la par. La religión es guerrera; la metafísica, erótica y voluptuosa. La religión hace al hombre belicoso*, combativo, mientras que el instinto metafísico, la curiosidad por conocer lo incognoscible, valga decir, probar del fruto del árbol del Bien y el Mal,  hace despertar su sensualidad y, así, colocarle el arnés de una fuerza que lo supera y lo domina.
 * El autor de esta nota no cree que la religión haga al belicismo del hombre, sino que este, por su propia naturaleza, actúa bajo el yugo del principium individuationis (veáse El mundo como voluntad y representación), matriz de todo el mal y la miseria que abunda en el corazón humano.

domingo, 3 de marzo de 2013

El grito de Lautréamont

«Tempestades hermanas de los huracanes, firmamento azulado cuya belleza no admito, mar hipócrita, imagen de mi corazón, tierra de seno misterioso, habitantes de las esferas, universo entero, Dios que los has creado con magnificencia, a ti he invoco: ¡muéstrame a un hombre bueno!... Y entonces, que tu gracia decuplique mis fuerzas naturales, pues ante el espectáculo de ese monstruo, yo puedo morir de asombro: se muere por mucho menos.»


Conde de Lautréamont, Los cantos de Maldoror.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Sobre la palabra y la Idea

«Ay, qué sois, pues, vosotros, pensamientos míos escritos y pintados! No hace mucho tiempo erais aún tan multicolores, jóvenes y maliciosos, tan llenos de espinas y de secretos aromas, que me hacíais estornudar y reír — ¿y ahora? Ya os habéis despojado de vuestra novedad, y algunos de vosotros, lo temo, estáis dispuestos a convertiros en verdades: ¡tan inmortal es el aspecto que ellos ofrecen, tan honesto, tan aburrido, que parte el corazón! ¿Y alguna vez ha sido de otro modo? ¿Pues qué cosas escribimos y pintamos nosotros, nosotros los mandarines de pincel chino, nosotros los eternizadores de las cosas que se dejan escribir, qué es lo único que nosotros somos capaces de pintar? ¡Ay, siempre únicamente aquello que está a punto de marchitarse y que comienza a perder su perfume! ¡Ay, siempre únicamente tempestades que se alejan y se disipan, y amarillos sentimientos tardíos! ¡Ay, siempre únicamente pájaros cansados de volar y que se extraviaron en su vuelo, y que ahora se dejan atrapar con la mano — con nuestra mano! ¡Nosotros eternizamos aquello que no puede ya vivir y volar mucho tiempo, únicamente cosas cansadas y reblandecidas! Y sólo para pintar vuestra tarde, oh pensamientos míos escritos y pintados, tengo yo colores, acaso muchos colores, muchas multicolores delicadezas y cincuenta amarillos y grises y verdes y rojos: — pero nadie me adivina, a base de esto, qué aspecto ofrecíais vosotros en vuestra mañana, vosotros chispas y prodigios repentinos de mi soledad, ¡vosotros mis viejos y amados pensamientos perversos!»

Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal.

El perro y el frasco

VII) El perro y el frasco
(Charles Baudelaire, El spleen de París)

“Mi lindo perro, mi buen perro, mi querido pichicho, acércate y huele el excelente perfume comprado al mejor perfumista de la ciudad”.
Y el perro, meneando la cola, que es, para estos pobres seres, el signo de la risa o la sonrisa, se acerca y pone curioso su nariz húmeda sobre el frasco abierto; luego, retrocediendo de repente
con temor, me ladra como reprochándomelo.


“—¡Ah! Perro miserable, si te hubiera ofrecido un montón de excrementos lo hubieras husmeado con delicia y hasta lo hubieras comido. Tú también, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, al que jamás hay que ofrecerle perfumes delicados que lo exasperen, sino basura cuidadosamente seleccionada”.

La pregunta de Baudelaire

«¿Existe, pues, una providencia diabólica que prepara para la desdicha desde la cuna, que arroja con premeditación naturalezas espirituales y angélicas en medios hostiles, como mártires a los circos? ¿Hay, pues almas sagradas destinadas al altar, condenadas a marchar a la muerte y a la gloria, a través de sus propias ruinas?»

jueves, 6 de septiembre de 2012

Un gusano superior. Fragmento de una carta de Flaubert a Luise Colet

«Volví a pensar en ellos, y en los demás muertos que nunca he conocido y cuyas tumbas vacías pisaba. Sobre todo, me gusta la vegetación que crece en las ruinas; esa invasión de la naturaleza, que se echa enseguida sobre la obra del hombre, cuando la mano de éste ya no está para defenderla, me alegra con un gozo profundo y amplio. La vida viene a colocarse de nuevo sobre la muerte; hace crecer la hierba sobre los cráneos petrificados, y, en la piedra en las que uno de nosotros esculpió su sueño, la Eternidad del Principio reaparece con cada floración de mostazas amarillas. Me agrada pensar que algún día serviré para hacer crecer tulipanes. ¡Quién sabe! El árbol a cuyo pie me pongan dará quizás excelentes frutos; a lo mejor seré un soberbio abono, un gusano superior.»
 


 Gustave Flaubert, Cartas a Luise Colet.

martes, 4 de septiembre de 2012

Algunas Evangélicas de Almafuerte

-El dolor enloquece y la felicidad bestializa: ¡elige!

-Lo poco bueno que tiene un hombre lo palparás en un solo día: toda su maldad oculta no la conocerás ni en cien años.

-El estado perfecto del Hombre es un estado de ansiedad, de anhelación, de tristeza infinita: una tremulación interrogante de tentáculo.

-Cada vez que te conmuevan las lágrimas de alguien, enciérrate en el más profundo agujero de tu casa y aplícate cien bofetadas en pleno rostro, por femenino y miserable.

 
 
Almafuerte, Evangélicas completas.

sábado, 25 de agosto de 2012

La jactancia de Almafuerte

«Es de ya pública voz y fama, que el viejo Almafuerte ni amó ni ama a la mujer, pero el viejo Almafuerte carga con esa cruz como con cualquier otra y hace su jornada sin dar a la calumnia otra respuesta que una vida más ponderada, que un alma mejor, dentro de lo posible... ¡Y a veces dentro de lo imposible!»
 
Almafuerte, Poesías completas.

Los deseos de castidad de Flaubert


«Por eso, durante varios años, he rehuido sistemáticamente el trato con las mujeres. (…) Había terminado por no desearlas ya en absoluto. Vivía sin las palpitaciones de la carne y el corazón, y sin sentir conciencia siquiera de mi sexo.»
Gustave Flaubert, Cartas a Luise Colet.

Una reseña sobre Almafuerte

Entre los “hombres del 80” —Cané, Obligado, Oyuela, etc.— no podríamos mencionar a Pedro B. Palacios, más conocido por su seudónimo Almafuerte (Argentina, 1854-1917). Aquéllos eran cultos, ricos, sobrios, influyentes, elegantes, satisfechos, convencionales, europeizados. Almafuerte nadaba contra la corriente. Y cuando después de los hombres del 80, vinieron los que, rodeando a Rubén Darío, se llamaron “modernistas”, Almafuerte quedó otra vez fuera del grupo: en una ocasión pidió recompensas “en nombre de las letras americanas, a las cuales he salvado del decadentismo y el afeminamiento”. La primera impresión de quien se dispone a leerlo es la de la deformidad de sus versos. Pero quien persevere en la lectura encontrará un poeta de vigor; más aún, de complejidad espiritual. Defectuoso y desigual, su poesía refleja el carácter de un hombre singularísimo. Era misántropo, misógino, megalómano y mesiánico; raro por todos los costados, con equivocadas aspiraciones a profeta y filósofo, estentóreo en sus gritos, delirante, furioso, ensoberbecido, áspero y grotesco. Pero era un lírico de voz nueva en nuestra literatura. Se dirigía a la chusma, a la “vil recua sudorosa”. No fue poeta de muchedumbres —a pesar de que su popularidad le vino del pueblo bajo— sino un individualista a lo Nietzsche (a quien decía detestar) que transmutaba violentamente la tabla de valores del cristianismo. Su estilo parece a primera vista populachero, chabacano, emparentado con el de los tangos y especial para uso de compadritos crónicos que viven en los conventillos de arrabal: bien observado es aristocrático en la desgarrada sinceridad que renuncia a las convenciones de su tiempo y se atreve a confesar su angustiada visión de la vida. Todo para él es fracaso: Dios, el Universo, los hombres, él mismo. Su pesimismo, su desprecio y su rabia son radicales. Y por descubrir el fracaso en la raíz misma de la existencia nadie mejor que él ha poetizado lo feo, lo oscuro, lo pobre, lo frustrado, lo sórdido y aun lo repugnante. (…) Lo recio de su pensamiento estaba en la embestida, no importa para qué lado. Pensamiento mal articulado, pero rico en atisbos sobre la mala leche del hombre y las mentiras de la vida social.

Enrique Anderson Imbert, Historia de la literatura hispanoamericana.

jueves, 12 de julio de 2012

El túnel, una interpretación



Sábato y el regressus ad uterum
(…) del vientre materno, primera morada cuya nostalgia quizá aún persista en nosotros, donde estábamos tan seguros y nos sentíamos tan a gusto.
Sigmund Freud, El malestar en la cultura

El título de El túnel  tiene origen y explicación en la metáfora que imagina Castel. Él ha errado durante su infancia, su juventud y toda su vida, por un pasadizo lúgubre y solitario. Pero cree que María también ha vagado por el mismo laberinto, aunque por pasadizos distintos y paralelos. Su pintura —cree por un momento el protagonista— logra que esos caminos se entrecrucen y hallen. Sin embargo, la comunión nunca es completa. Los pasadizos continúan paralelos, aunque sus paredes son ahora de vidrio. La conclusión a la que llega el protagonista es la que reza el epígrafe: «…en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario, el mío».
El título, desde otra perspectiva y haciendo hincapié en la intertextualidad, ofrece una segunda posibilidad interpretativa. Algunos críticos han sostenido que la obra íntegra de Ernesto Sábato gira alrededor de un tema en común: la maternidad. Lo analizaremos. Antes que nada, después de describir sucintamente la situación del protagonista, transcribiremos unos fragmentos del «Informe sobre Ciegos», el tercer capítulo de Sobre héroes y tumbas. Fernando Vidal Olmos tras errar por las cloacas de Buenos Aires halla un paraje milenario y atroz. En él se levanta la estatua de una Deidad con cuerpo de mujer, pero con alas y cabeza de vampiro. En su ombligo resplandece una luz fosforescente, con forma de ojo. Una voz, que parece salir de aquel ojo, le ordena: «Ahora entra. Este es tu comienzo y tu fin».
«El fulgor intenso pero equívoco, como es característico de la luz fosforescente, que diluye y hace vibrar los contornos, bañaba un largo y estrechísimo túnel de carne, en el que fue preciso trepar reptando sobre mi vientre. (…) Algo me sucedió a medida que ascendía en aquel resbaladizo y sofocante túnel de carne: mi cuerpo se iba convirtiendo en pez, mis extremidades se transformaban repugnantemente en aletas, mi piel se cubría de escamas. (…) Mi cuerpo-pez apenas podía ya deslizarse por aquel agujero y ya no subía por mi propio esfuerzo, pues me era imposible mover las aletas: eran las contracciones de aquella carne que me apretaban, las que me succionaban hacia lo alto. (…) Hasta que entré en la caverna, hundiéndome en un líquido caliente y gelatinoso [el subrayado es nuestro].»
Pareciera que este viaje final que emprende Vidal Olmos simbolizaría las ansias de retrotraerse a una edad prenatal, intrauterina. Por eso el «túnel de carne», el cuerpo que se asemeja a un feto-pez y aquella sustancia caliente y gelatinosa, que bien podríamos relacionar con el líquido amniótico.
Ahora bien, en la misma obra —además del encuentro entre Martín y Alejandra, que tiene lugar frente a la estatua de Ceres, diosa de la fertilidad— sobresale el siguiente detalle: la sórdida relación entre Martín y su madre, la madre-cloaca.


«—¿Y tu madre? —preguntó.
Martín se sentó y empezó a arrancar unas matitas de hierba. Encontró una piedrita y pareció estudiar su naturaleza, como un geólogo.
—¿No me oís?
—Sí.
—Te pregunté por tu madre.
—Mi madre, respondió Martín en voz baja —es una cloaca (…). —Siempre grita: ¡por qué me habré descuidado!
(…) Y entonces, como si hablara consigo mismo, agregó que durante mucho tiempo había creído que no lo había amamantado por falta de leche, hasta que un día su madre le gritó que no lo había hecho para no deformarse y también le explicó que había hecho todo lo posible para abortar, menos el raspaje, porque odiaba el sufrimiento tanto como adoraba comer caramelos y bombones, leer revistas de radio y escuchar música melódica (…). Así que podía imaginar con qué alegría lo recibió, después de luchar durante meses saltando a la cuerda como los boxeadores y dándose golpes en el vientre, razón por la cual (le explicaba su madre a gritos) él había salido medio tarado, ya que era un milagro que no hubiese ido a parar a las cloacas[1]». 


Vamos acercándonos más a nuestra tesis. Un fragmento de Abbadón el exterminador echará más luz al respecto. R., un personaje portentoso y demoníaco interroga a S.

                                                                                                    
«—Desde chico tuviste terror a las cuevas.
No era tanto una pregunta como una afirmación que yo debía confirmar.
—Sí —respondía yo mirándolo fascinado.
—Tuviste asco por lo blando y lo barroso.
—Sí.
—Por los gusanos.
—Sí.
—Por la basura, por los excrementos.
—Sí.
—Por los animales de piel fría que se meten en los agujeros terrestres.
—Sí.
—Ya sean iguanas, ratas, hurones o comadrejas.
—Sí.
—Entonces huiste hacia la luz, hacia lo límpido y transparente, hacia lo cristalino y helado.
—Sí.
—Las matemáticas.
—¡Sí, sí!
De pronto abrió los brazos, levantó la cara y exclamó, mirando hacia arriba, como en una enigmática invocación:
—¡Cuevas, mujeres, madres!»


Regresemos al comienzo. Detalles de El túnel: además del título del cuadro (Maternidad) Castel y María se conocen en el inicio de la primavera (no olvidemos lo que esta estación representa para la fecundidad); Castel asesina a María con un cuchillo, la atraviesa, la penetra, primero en el pecho y después en el vientre, dos lugares del cuerpo femenino por excelencia para su desempeño en el rol de madre; el primer sueño que cuenta Castel, en el que vaga por una casa que le recuerda su infancia, es significativo: cuando despierta comprende que la casa del sueño es María; es decir, simboliza sus deseos subyacentes de estar, de ser, dentro de ella.
 Llegados a este punto, podemos afirmar que el título de El túnel  hace referencia, además, al conducto anatómico que finaliza en el útero materno[2].












[1] Las cloacas que. recordemos, sí conocerá Vidal Olmos.
[2] Por motivos de espacio no analizaré en profundidad esta hipótesis. Sin embargo, no quisiera olvidar los fragmentos de La fuente muda, novela inconclusa que Sábato publicó en el número 157 de la revista Sur. Un grupo de muchachos revolucionarios asesinan a un compañero tras comprobar que éste ha divulgado información. Boca abajo, lo ahogan en un charco de agua barrosa. El ajusticiado clama por su vida en nombre de su madre: «¡No me maten! ¡Piensen en mi madre, por favor, la pobre, la pobre vieja! ¡No piensen en mí, pero piensen en ella!» Con fuerza sobrehumana consigue sacar la cabeza fuera del agua (o bien podríamos decir del líquido). Su alarido final es el siguiente: «¡Mamá! ¡Mamita mía!»
En estos textos se vislumbran ciertas ansias de circularidad por parte de los personajes, es decir, culminar la vida donde justamente ella ha germinado, lo que representaría un intento fallido por alcanzar la eternidad.


lunes, 9 de julio de 2012

Una carta de Flaubert a Luise Colet

Jueves, once de la noche [6 de agosto de 1846].

Estoy roto, aturdido, como después de una orgía prolongada; me aburro mortalmente. Tengo en el corazón un vacío inaudito. Yo que era antes tan tranquilo, tan orgulloso de mi serenidad, que trabajaba de la mañana a la noche con un rigor persistente, no puedo leer, ni pensar, ni escribir; tu amor me ha vuelto triste. Veo que sufres, preveo que te haré sufrir. Quisiera no haberte conocido nunca, por ti, luego por mí, y sin embargo tu recuerdo me atrae sin descanso. Encuentro en él una exquisita dulzura. ¡Ay, qué preferible habría sido limitarnos a nuestro primer paseo! ¡Ya sospechaba yo todo esto! Cuando, al día siguiente, no volví a casa de Fidias [Pradier], es porque ya me sentía resbalar por la pendiente. Quise detenerme; ¿qué es lo que me empujó a esto? ¡Tanto peor! ¡Tanto mejor! El cielo no me ha dado una constitución graciosa. Nadie posee en mayor grado que yo el sentimiento de la miseria de la vida. No creo en nada, ni siquiera en mí mismo, cosa que es infrecuente. Me dedico al arte porque me divierte, pero no tengo fe alguna en la belleza, ni en lo demás. Así que el punto de tu carta, pobre amiga mía, en que me hablas de patriotismo, me habría hecho reír con ganas si me hubiera encontrado en estado de ánimo más alegre. Vas a creer que soy duro. Querría serlo. Todos los que se acercan a mí se beneficiarían de ello, y yo también, que tengo el corazón comido, como lo está en otoño la hierba de los prados, por todas las ovejas que han pasado por encima. No quisiste creerme cuando te dije que era viejo*. Desgraciadamente es así, pues todo sentimiento que llega a mi alma se avinagra en ella, como el vino que se pone en recipientes demasiado usados. Si supieras todas las fuerzas internas que me han agotado, todas las locuras que han pasado por mi cabeza, todo lo que he probado y experimentado en cuanto a sentimientos y pasiones, verías que no soy tan joven. Tú eres la criatura, tú eres fresca y nueva, tú, cuyo candor me sonroja. Me humillas con la grandeza de tu amor. Merecías algo mejor que yo. ¡Que me parta un rayo, que caigan sobre mí todas las maldiciones posibles, si alguna vez lo olvido! ¿Despreciarte, dices, porque te has entregado a mí demasiado pronto? ¿Has sido capaz de pensarlo? ¡Nunca, nunca, hagas lo que hagas, ocurra lo que ocurra! Me entrego a ti de por vida, a ti, a tu hija, a los que desees. Es una promesa; retenla y haz uso de ella. La hago porque puedo cumplirla.

 Sí, te deseo y pienso en ti. Te quiero más de lo que te quería en París. Ya no puedo hacer nada; te veo continuamente en el taller, de pie cerca de tu busto, con los papillotes moviéndose sobre tus hombros blancos, tu vestido azul, tu brazo, tu rostro, ¿qué sé yo?, todo. ¡Mira! ahora me circula la fuerza por la sangre. Me parece que estás aquí; ardo, vibran mis nervios... ya sabes cómo... sabes qué calor tienen mis besos.

 Desde que nos dijimos que nos queríamos, te preguntas el motivo de mi reserva en añadir «para siempre». ¿Por qué? Es que yo adivino el porvenir; es que la antítesis se alza constantemente ante mis ojos. Jamás he visto un niño sin pensar que se convertiría en un anciano, ni una cuna sin imaginar una sepultura. Contemplar una mujer desnuda me hace imaginar su esqueleto. Por eso me entristecen los espectáculos alegres, y las escenas tristes me conmueven poco. Lloro demasiado por dentro como para derramar lágrimas al exterior; una lectura me emociona más que una desdicha auténtica. Cuando tenía familia, a menudo deseé no tenerla, para ser más libre, para irme a vivir a China o entre los salvajes. Ahora que ya carezco de ella, la echo en falta y me aferro a las paredes en que aún permanece su sombra. Otros estarían orgullosos del amor que me prodigas, su vanidad bebería en él a sus anchas, y su egoísmo masculino se vería halagado hasta sus más íntimos repliegues. Pero a mí, una vez han pasado los momentos ardientes, el corazón me desfallece de tristeza, pues me digo: me quiere; y yo, que también la quiero, no la quiero lo bastante. ¡Si ella no me hubiera conocido, le habría ahorrado todas las lágrimas que está derramando! Perdóname esto, perdónamelo en nombre de toda la embriaguez que me has hecho experimentar. Pero presiento una desdicha enorme para ti. Temo que mis cartas sean descubiertas, que se sepa todo. Estoy enfermo por ti.

 Crees que me amarás siempre, criatura. ¡Siempre! ¡Qué presunción, en labios humanos! Has amado ya, ¿verdad? Como yo; recuerda que antaño dijiste también: siempre. Pero te estoy maltratando, te entristezco; ya sabes que mis caricias son feroces. Da igual, prefiero turbar ahora tu felicidad que exagerarla fríamente, como hacen todos, para que después su pérdida te haga sufrir más... ¿Quién sabe? Quizá más adelante me agradecerás el que haya tenido el valor de no ser más tierno. ¡Ay, si hubiese vivido en París, si todos los días de mi vida hubiesen podido transcurrir junto a ti, sí, me dejaría arrastrar por esta corriente sin pedir auxilio! En ti habría hallado para mi corazón, mi cuerpo y mi cabeza una satisfacción diaria que jamás me habría hartado. Pero separados, destinados a vernos raras veces, es horrible. ¡Qué perspectiva! Y ¿qué hacer? Sin embargo... No concibo cómo he podido alejarme de ti. ¡Ése sí que soy yo! Es lo propio de mi lamentable naturaleza. Si no me quisieras, me moriría; como me quieres, aquí estoy, escribiéndote que te detengas. Mi propia estupidez me da asco. Habría querido pasar por tu vida como un arroyo claro que hubiera refrescado sus orillas resecas, y no como un torrente que la arrasa. Mi recuerdo habría hecho estremecerse a tu carne, y sonreír a tu corazón. ¡No me maldigas nunca! Créeme, antes de dejar de quererte, te habré amado mucho. En cuanto a mí, te bendeciré siempre; conservaré tu imagen, empapada de poesía y de ternura, como lo estaba ayer la noche en el vapor lechoso de su niebla plateada.

 Este mes iré a verte, y me quedaré contigo una largo día entero. Antes de quince días, incluso doce, estaré contigo. Que me escriba Fidias, y acudo; ya está convenido. ¿Se le ha pasado el enfado, al bueno de Fidias? ¿Ha entendido el sentido del regalo? Trata de hacerle comprender que era para hacerle reír y pensar, y para devolverle un poco la satisfacción que nos había dado.

 Quieres que te envíe algo escrito por mí. No, te parecería demasiado bien. ¿No me has dado suficiente, como para añadir elogios literarios? ¡Quieres acabar convirtiéndome en un fatuo! Además, no tengo nada legible; te perderías entre las tachaduras y las llamadas, pues no he mandado copiar nada. ¿No temes estropear tu estilo al leerme? Querrías que publicase algo en seguida; me excitarías; terminarías por lograr que me tomase a mí mismo en serio (¡y el cielo me libre de eso!). Antes mi pluma corría por el papel con rapidez; también corre ahora, pero lo desgarra. No puedo escribir ni una frase, cambio de pluma a cada minuto, pues no expreso nada de lo que quiero decir. Vendrás a Ruán con Fidias, fingirás encontrarte conmigo y me visitarás aquí. Eso te dejará más satisfecha que cualquier descripción posible. Entonces, pensarás en mi alfombra, y en la gran piel de oso blanco sobre la que me echo durante el día, igual que pienso yo en tu lámpara de alabastro, cuando veía ondular en el techo su luz mortecina. ¿Habías entendido, aquella tarde, que yo me había dado ese plazo? Pues no me atrevía; soy tímido, sabes, a pesar de mi cinismo, o quizá debido a él. Me había dicho a mí mismo: aguardaré hasta que se apague la vela. ¡Oh, qué olvido de todo! ¡Qué exclusión del resto del mundo! ¡Qué suave era la piel de tu cuerpo desnudo... y qué alegría hipócrita saboreaba yo, dentro de mi despecho, mientras los demás seguían allí sin marcharse! Siempre recordaré el aspecto de tu rostro cuando estabas a mis pies, en el suelo, y tu sonrisa ebria cuando me abriste la puerta y nos despedimos. Bajé entre tinieblas, de puntillas, como un ladrón. ¿No era uno, acaso? ¿Son todos tan felices, cuando escapan cargados con su botín?

 Te debo una explicación sincera sobre mí mismo, para contestar a una página de tu carta que me deja ver las ilusiones que te formas con respecto a mí. Sería cobarde por mi parte (y la cobardía es un vicio que me repugna, cualquiera que sea su forma de presentarse) hacerlas durar por más tiempo.

 El fondo de mi naturaleza es, digan lo que digan, el del saltimbanqui. En mi infancia y en mi juventud amé desesperadamente las tablas. Si el cielo me hubiera hecho nacer más pobre, quizá habría sido un gran actor. Aún ahora, lo que me gusta por encima de todo es la forma, con tal que sea hermosa, y nada más. Las mujeres, que tienen el corazón demasiado ardiente y la mente demasiado exclusiva, no entienden esa religión de la belleza, con abstracción del sentimiento. Necesitan siempre una causa, una finalidad. Yo admiro tanto el oropel como el oro. Incluso es superior la poesía del oropel, porque es triste. Para mí no hay en el mundo más que los versos hermosos, las frases bien construidas, armoniosas, sonoras, las bellas puestas de sol, los claros de luna, los cuadros con colorido, los mármoles antiguos y las cabezas de rasgos acentuados. Más allá, nada. Habría preferido ser Talma que Mirabeau, porque vivió en una esfera de belleza más pura. Los pájaros enjaulados me inspiran tanta lástima como los pueblos esclavos. En toda la política sólo hay una cosa que comprendo, y es el motín. Soy fatalista como un turco, y opino que todo cuanto podemos hacer por el progreso de la humanidad, o nada, es exactamente lo mismo. En cuanto a ese progreso, tengo el entendimiento obtuso para las ideas poco claras. Todo cuanto corresponde a ese lenguaje me revienta desmesuradamente. Detesto lo suficiente la tiranía moderna, pues me parece estúpida, débil y temerosa de sí misma; pero rindo profundo culto a la tiranía antigua, que considero como la más hermosa manifestación del hombre que haya existido. Soy ante todo el hombre de la fantasía, del capricho, de lo deslavazado. He pensado durante mucho tiempo y muy seriamente (no te rías, pues es el recuerdo de mis momentos más hermosos) en irme a Esmirna y hacerme renegado. Algún día me marcharé a vivir lejos de aquí, y ya no se volverá a oír hablar de mí. En cuanto a lo que generalmente más afecta a los hombres, y que para mí es secundario, me refiero al amor físico, siempre lo he separado del otro. Te vi burlarte de ello el otro día, a propósito de ***; pues era mi historia. Eres precisamente la única mujer a la que he querido y que he conseguido. Hasta ahora me iba a calmar con unas los deseos inspirados por otras. Me has hecho mentirle a mi sistema, a mi corazón, quizá a mi naturaleza, que, siendo incompleta en sí misma, busca siempre lo incompleto.

 Quise a una mujer desde los catorce años hasta los veinte sin decírselo, sin tocarla; y después, permanecí cerca de tres años sin sentir mi sexo. Creí por un momento que moriría así, y daba gracias al cielo. Querría no tener ni cuerpo ni corazón, o, mejor aún, quisiera estar muerto, pues la traza que tengo en este mundo es de un ridículo exagerado. Eso es lo que me hace desconfiado y tímido para conmigo mismo.

 Eres la única a quien me he atrevido a querer agradar, y quizá la única a quien he gustado. ¡Gracias, gracias! Pero ¿me comprenderás hasta el final? ¿Aguantarás el peso de mi tedio, mis manías, mis caprichos, mi abatimiento y mis retornos arrebatados? Me dices, por ejemplo, que te escriba todos los días, y si no lo hago, vas a acusarme. Pues bien: la idea de que quieres una carta cada mañana me impedirá escribirla. Déjame quererte a mi aire, al estilo de mi ser, con lo que tú llamas mi originalidad. No me fuerces a nada, y lo haré todo. Compréndeme y no me acuses. Si te considerase ligera y necia como las demás mujeres, te engañaría con palabras, promesas y juramentos. ¿Qué me costaría? Pero prefiero quedarme por debajo que por encima de la verdad de mi corazón.

 Los númidas, dice Herodoto, tienen una extraña costumbre. De muy pequeños, les queman la piel del cráneo con carbones, para que después sean menos sensibles a la acción del sol, que es devoradora en su país. Imagínate que fui educado a la númida. ¿No era fácil decirles: no sentís nada, ni siquiera el sol os quema? Oh, no tengas miedo: mi corazón, por tener callo, no es menos bueno. ¡Pues no! Si me sondeo, no me encuentro mejor que mi vecino. Solamente poseo bastante perspicacia y algo de delicadeza en mis modales. Ya cae la noche. Me he pasado la tarde escribiéndote. A los dieciocho años, cuando volví del Sur, escribí durante seis meses cartas parecidas a una mujer a la que no amaba. Era para forzarme a quererla, para practicar un estilo serio, y ahora es todo lo contrario; el paralelismo se cumple. Una última palabra: tengo en París un hombre a mis órdenes, fiel hasta la muerte, activo, valeroso, inteligente; cuenta con él como si fuese conmigo. Mañana espero tus versos, y dentro de unos días tus dos libros. Adiós, piensa en mí; sí, bésate el brazo. Todas las noches leo tus obras. Busco en ellas rastros de ti, y a veces los encuentro. Adiós, adiós; apoyo mi cabeza en tus senos y te contemplo de abajo arriba, como una madonna.


*A la sazón, Flaubert tenía tan sólo veinticinco años.